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Opinión

Más allá del diagnóstico: educar, comprender e incluir

viernes, 11 de septiembre de 2026

Más allá del diagnóstico: educar, comprender e incluir

Marynés Roca es Directora General del Centro de Aprendizaje y Desarrollo Lighthouse y miembro de la Sociedad de Evolución Empresarial Responsable (SEER)

Después de 15 años trabajando en educación, he aprendido que cuando un estudiante entra a un aula nunca llega solo. Con él llegan también su historia, su familia, sus emociones, sus fortalezas y aquellos desafíos que, muchas veces, no son visibles a primera vista.

Me considero una educadora multigeneracional. A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de acompañar a estudiantes y familias en distintas etapas de la vida, y esa experiencia ha transformado también mi manera de comprender la educación. Siempre he procurado mirar más allá del rendimiento académico y preguntarme quién es la persona que tengo delante: qué está viviendo, qué le preocupa, qué disfruta, qué le cuesta y, sobre todo, cómo se siente en el lugar donde está aprendiendo.

Creo firmemente que cuando un estudiante se siente seguro, comprendido y se desenvuelve en un ambiente emocionalmente saludable, tiene mayores posibilidades de desarrollar habilidades, enfrentar sus desafíos y disfrutar del aprendizaje. Esta mirada cobra todavía más importancia cuando hablamos de estudiantes neurodivergentes.

Una realidad que siempre estuvo en nuestras aulas

Hoy hablamos con mayor frecuencia de neurodivergencia y conocemos más sobre condiciones como el TDAH, el autismo o la dislexia, entre otras. Sin embargo, estos estudiantes no aparecieron recientemente: siempre estuvieron en nuestras aulas.

Muchos adultos seguramente recuerdan a aquel compañero que “no podía quedarse quieto”, al que le costaba enormemente leer a pesar de esforzarse, al que parecía estar constantemente distraído, al que tenía dificultades para relacionarse con los demás o a aquel estudiante muy capaz que, inexplicablemente para quienes lo rodeaban, no lograba demostrar todo lo que sabía.

La diferencia es que hoy tenemos mayor acceso a información que nos permite comprender que no todos aprendemos, procesamos la información, regulamos nuestras emociones o nos relacionamos de la misma manera.

Sin embargo, conocer el término “neurodivergencia” no significa que como sociedad y particularmente como comunidad educativa, estemos preparados para acompañarla.

Todavía existen maestros que no han recibido suficiente formación para trabajar con estudiantes neurodivergentes, y considero que este es uno de los grandes desafíos de la educación actual. Ya no podemos planificar pensando en un único perfil de estudiante. Un aula es diversa porque las personas somos diversas.

El desafío para quienes educamos consiste en aprender a planificar considerando esa realidad: diseñar actividades, recursos y estrategias suficientemente flexibles para responder a diferentes necesidades, ritmos y maneras de aprender. Esto no significa disminuir las expectativas ni preparar una clase completamente distinta para cada estudiante. Significa preguntarnos qué barrera está encontrando ese niño o adolescente y qué podemos modificar para permitirle aprender y demostrar lo que sabe.

En muchas ocasiones, un ajuste que parece pequeño puede representar una enorme diferencia para un estudiante.

Familia y colegio: necesitamos estar del mismo lado

Existe otra realidad que he observado repetidamente durante estos años. Muchas veces son los maestros quienes comienzan a identificar ciertas señales: dificultades persistentes en la lectura o escritura, problemas para mantener la atención, frustración excesiva, dificultades para organizarse, regular las emociones, relacionarse con otros o avanzar de acuerdo con lo esperado.

Entonces llega uno de los momentos más delicados para cualquier comunidad educativa: conversar con la familia.

Comprendo profundamente que escuchar que un hijo podría estar atravesando algún desafío no es sencillo. Ningún padre llega a una reunión esperando escuchar que algo podría estar ocurriendo con su hijo. Pueden aparecer miedo, culpa, incertidumbre y muchas preguntas sobre el futuro. Como también puede aparecer la negación.

Durante mis años como educadora he aprendido que estos procesos deben manejarse con mucha sensibilidad. Una observación realizada por un maestro no constituye un diagnóstico y nunca debería presentarse como tal. Sin embargo, cuando maestros o profesionales del área psicopedagógica, que observan al estudiante dentro de su entorno escolar, identifican señales persistentes, considero que esa información tampoco debería ser descartada.

Escuchar no significa aceptar inmediatamente que existe un diagnóstico. Significa estar abiertos a observar, preguntar y, cuando sea necesario, buscar una evaluación profesional que permita comprender mejor qué está sucediendo.

Una evaluación no debería ser vista como una sentencia ni como una etiqueta. Al contrario, puede convertirse en una herramienta para conocer mejor al estudiante y determinar cómo acompañarlo. Mientras más temprano podamos identificar una necesidad e intervenir adecuadamente, mayores serán las oportunidades de proporcionarle herramientas para enfrentar los desafíos que encuentre en los distintos espacios donde se desenvuelve.

Por eso creo profundamente que padres y maestros no deberían encontrarse en lados opuestos. La mejor manera de acompañar a un estudiante es cuando familia y colegio comprenden que pertenecen al mismo equipo.

El maestro conoce al estudiante dentro de un contexto que los padres no pueden observar directamente: las demandas del aula, la convivencia con sus pares, las instrucciones grupales, los tiempos de trabajo y las situaciones de evaluación. Los padres, por su parte, conocen una dimensión que el colegio jamás conocerá completamente: su historia, sus temores, sus rutinas, aquello que sucede cuando llega a casa y todo el camino recorrido como familia.

Necesitamos ambas miradas. Cuando dejamos de buscar culpables y comenzamos a compartir información, estrategias y objetivos, el estudiante deja de encontrarse en medio de dos posiciones y comienza a sentirse sostenido por los adultos que lo rodean.

¿Quién acompaña a los padres?

Existe, sin embargo, otra parte de esta realidad de la que considero que hablamos mucho menos.

He conocido familias que, después de recibir un diagnóstico relacionado con el aprendizaje, el neurodesarrollo o la salud emocional de sus hijos, comienzan un camino que pocas personas alrededor alcanzan a comprender.

Desde afuera vemos al niño. Vemos su comportamiento, sus dificultades académicas o aquello que aparentemente “no puede hacer”. Pero pocas veces vemos todo lo que sucede detrás.

No vemos a los padres preguntándose cómo será el futuro de su hijo. No vemos las conversaciones en casa, las evaluaciones, las terapias, las reuniones escolares o el esfuerzo económico y emocional que muchas intervenciones representan. No vemos a la madre que se pregunta constantemente si está tomando las decisiones correctas ni al padre que intenta comprender algo para lo que quizás nunca recibió herramientas.

Tampoco vemos el dolor que puede producir observar que un hijo se esfuerza mucho más que otros para conseguir algo que para sus compañeros parece sencillo o verlo regresar a casa sintiéndose diferente, incomprendido o rechazado. Muchas veces una de las experiencias más dolorosas ocurre cuando ese rechazo no proviene solamente de otros niños, sino también de los adultos que los rodean.

Por falta de información, temor o poca empatía, algunas familias comienzan a hablar de “ese niño”, cuestionan su comportamiento, juzgan la crianza de sus padres o prefieren que ya no forme parte de determinadas actividades. Poco a poco pueden dejar de llegar las invitaciones y comenzar el aislamiento.

Esto debería llevarnos a una profunda reflexión: la exclusión no siempre comienza en los niños.

Muchas veces hablamos de enseñarles a nuestros hijos a incluir, pero olvidamos preguntarnos qué están aprendiendo al observar nuestras propias actitudes. Cuando etiquetamos, comentamos, señalamos o apartamos a un niño porque no comprendemos su comportamiento, también estamos enseñando una manera de relacionarnos con aquello que es diferente.

Por supuesto, inclusión no significa ausencia de límites. Una condición o un diagnóstico no implica que cualquier comportamiento deba permitirse, especialmente cuando afecta a otras personas. Todos los niños necesitan aprender a convivir, respetar límites, reparar cuando sea necesario y desarrollar progresivamente habilidades para desenvolverse con otros.

Pero establecer límites no es lo mismo que excluir. Podemos cuidar a nuestros hijos sin enseñarles a rechazar. Podemos abordar una situación difícil sin etiquetar a otro niño. Podemos buscar soluciones sin convertir a una familia completa en el problema.

Antes de juzgar a esos padres, deberíamos recordar que conocemos solamente una pequeña parte de su historia. No sabemos cuántas noches han pasado preocupados, cuántos especialistas han visitado, cuántas conversaciones difíciles han tenido ni cuántas veces han tenido que explicar las necesidades de su hijo. Y tampoco sabemos si algún día seremos nosotros quienes necesitemos que alguien mire a nuestra familia con la misma empatía que hoy estamos llamados a ofrecer.

Después de 15 años en educación, cada vez estoy más convencida de que la verdadera inclusión no puede ser responsabilidad exclusiva del maestro, del psicopedagogo, del psicólogo o de la familia del estudiante neurodivergente. Nos corresponde a todos.

Le corresponde al colegio formar y acompañar a maestros preparados para aulas diversas. Al educador, conocer al estudiante antes de reducirlo a su rendimiento o comportamiento. A los padres, estar abiertos a escuchar cuando se observan señales y buscar orientación profesional cuando sea necesario. A los especialistas, acompañar sin convertir un diagnóstico en una etiqueta y a las demás familias, enseñar a sus hijos que convivir con personas que piensan, sienten, aprenden o se relacionan de manera diferente también forma parte de vivir en sociedad.

Quizás necesitamos comenzar a cambiar nuestras preguntas.

En lugar de preguntarnos “¿qué le pasa a este niño?”, podríamos comenzar por preguntar: “¿qué necesita este niño para desenvolverse mejor?”

En lugar de pensar “¿por qué sus padres no hacen algo?”, podríamos preguntarnos: “¿qué estará viviendo esta familia y cómo podemos acompañarla?”

Porque detrás de cada diagnóstico hay una persona. Detrás de cada estudiante existe una historia, detrás de muchos niños y adolescentes que están aprendiendo a desenvolverse en un mundo que no siempre comprende su manera de funcionar, hay también padres intentando acompañarlos mientras ellos mismos aprenden a recorrer un camino que probablemente nunca imaginaron.

Como educadores y como sociedad, nuestra responsabilidad no debería limitarse a identificar las diferencias. Necesitamos aprender a comprenderlas y acompañarlas.

Quizás la verdadera inclusión comience justamente allí: cuando dejamos de preguntarnos quién es diferente y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer para que nadie tenga que atravesar sus diferencias sintiéndose solo.