Javier Medrano es director de Medrano & Asociados
De fango y sangre, a otro fango también con sangre
martes, 31 de agosto de 2021
Erich Remarque lo predijo en su novela “Sin novedad en el frente”, donde narró el pensamiento de un soldado raso durante la Primera Guerra Mundial: “Mientras ellos seguían escribiendo y discurseando, nosotros veíamos ambulancias y moribundos; mientras ellos proclamaban como sublime el servicio al Estado, nosotros sabíamos ya que el miedo a la muerte es mucho más intenso. Nos sentimos solos de pronto, terriblemente solos; y solos también debíamos encontrar la salida”.
Pareciera que, desde siempre, Bolivia es esa tolvanera de desgracias, peleas intestinas, odios y rencillas, racismo y discriminación; pugnas ciegas por obtener poder para romper con todo lo que el antecesor construyó y, no contentos con la demolición, se debe perseguir y encarcelar sin remilgos al “enemigo” político. Es una borrasca maldecida y eterna sobre la cabeza de los bolivianos y, de la cual, debemos librarnos solos, porque estamos terriblemente solos e indefensos.
Ya en su momento, Heidegger, advertía hace más de cuarenta años atrás, que no hay escapatoria posible al palabreo de los políticos y a la inevitable trampa de que la luz monopolizada por los politiqueros y funcionarios de turno, lo “oscurezca todo”.
Son tiempos violentos donde unos discursean desde sus podios chiscones; otros vociferan sus lenguajes lábiles, malsanos, camuflan realidades, manipulan hechos, tergiversan informes y, claro, por supuesto, culpabilizan a los opositores y a todos los que se pueda, sobre todos los males del mundo. Incluidas sus miserables vidas.
El grave problema es que estos desalmados de siempre - espíritus graves y de menor estofa – son una constante en nuestra historia. Ni siquiera se diferencian por su originalidad en su accionar público o postura ideológica, por lo demás hueca (más allá de sus caricaturescas conductas y ropajes), todos son, a la postre, corruptos, odian las libertades y derechos de los ciudadanos, porque se contraponen con sus ambiciones abotargadas de poder totalitario y creen, desde su batiburrillo, que son intocables y dueños de la absoluta verdad. Se entronizan sin pudor alguno y hasta llegan a creer que podrían levitar por sobre nuestras cabezas como alguna especie de deidad burda.
Vivimos tiempos de odios continuos. Cíclicos. Y la rueda de desalmados suben y bajan del poder. Unos más tóxicos que otros, pero todos, al final de cuentas, hombres y mujeres oscuros.
Lo que olvidan estos jamelgos de la política es todos están llamados por ley y, además, por principios éticos, a regir su accionar dentro de la transparencia, honestidad y honorabilidad. Conductas que para muchos funcionarios públicos son parte de una dimensión desconocida o fantasía inventada. Para ellos es un mito o, peor aún, una trampa imperialista comportarse - en rigor - apegados a la norma.
Cicerón defendía que el reconocimiento a un funcionario público debía sustentarse en la excelencia de su obra y, además, por “haberse puesto a prueba en la vida” para salir incólume del dinero fácil y del mal ejercicio de la violencia desde el poder público. Un laudatio a la grandeza de la persona.
Si quisiéramos aplicar esta clase de reconocimiento, en Bolivia la regla sería al revés. Los reconocimientos ensalzarían el accionar más indigno de los funcionarios públicos; al ladronzuelo más eficiente de turno, a la viveza mayor o al gran violador de leyes, o a quien tramó en detalle cómo robarle el voto al pueblo para eternizarse en el poder, o a los adláteres verborreicos que van a las plazas para defender lo indefendible, para tergiversar verdades, para confundir y desinformar. Vamos de fango y sangre, a otro fango con sangre. Ese parece ser el destino conjurado de nuestro país, como la de ese soldado en su trinchera, abandonado a su suerte y terriblemente solo.
